Fernando

Conocí a Fernando en una tarde de verano, en uno de esos días con sabor a playa y arena, mismo que se puede gustar incluso mientras se sigue sentado en el escritorio, cuando aún tenía encima parte del peso del reloj que me amarraba a los deberes por una pizca de la agenda… Pero las ganas de irme menguaron ante la duda del chico, que requería orientación urgente respecto de su futuro. “Son solo 5 minutos”, me dije, y finalmente le expliqué los planes de estudio y las mallas curriculares, empatizando con el recuerdo de mis propias vivencias a su edad (“no arruines tu vida dedicándote a lo que no te define”), y convencido de haber hecho mi buena acción de la jornada. A los pocos días, se matriculaba en la carrera que había escogido, decisión que llevó a cabo tomando en cuenta algo de la orientación que le entregué.
Para comunicar una idea adecuada de quién es Fernando realmente, poco puedo hacer describiéndolo físicamente (ya que el verdadero portento de este muchacho está en su interior), pero no está de más una imagen mental que permita relacionar su semblante con sus vivencias: pelo negro y ensortijado, menudo, ojos negros y vivaces, amplia sonrisa, y un discurso asaz quinceañero en jerga y acento, pero aun así, centrado y sólido, con objetivos y convicciones claras. Su sentido del humor y liviandad me hicieron generar con él una cercanía casi inmediata, lo que me hizo seguir su caso con especial detención una vez que tuve en mis manos algunos antecedentes adicionales acerca de él; entre ellos, un cuadro epiléptico (que reapareció a mitad del primer semestre) que, cruel y mezquino, sacudía no solo el cuerpo del muchacho, sino también su espíritu y buen ánimo, casi como un remedo de febrero, haciéndole enfrentarse de manera cruda a un posible escenario de estacionalidad, dadas las recomendaciones de los médicos de abandonar los estudios, a lo que él se rehusó con un denuedo que pocas veces he visto. Me llamo la atención su marcada determinación y se lo hice notar. Fue entonces que me lo contó.
-“Voy a ser papá, profe… no me puedo dar por vencido, debo seguir”…
Mi admiración y afecto hacia este pequeño hombre, acrecentados por su postura frente a la vida y su valía humana, llegaron a su punto álgido un día que partió difiriendo del que nos conocimos, primero en la copiosa lluvia que caía sobre la cuidad, y luego en su tenor sombrío que contrastaba fuertemente con la hilaridad de nuestros primeros diálogos en enero. La llamada en el teléfono a las 11, además de petrificarme en una pieza, me hizo comprender que era un día que no pasaría inadvertido. Intenté hablar con él telefónicamente, pero no pude, era lógico que así fuera. Intenté acompañarlo en la tarde pero tampoco me fue posible, lo que me obligó a esperar a la semana siguiente para poder conversar con él, cuando todo ya habría concluido. Fue uno de los viernes más largos de que tenga memoria, con las sienes y las tripas revueltas a compás, estrujadas a mano y sin permiso. Se mezclaron mis problemas y divagaciones personales con la imagen mental del rostro de Fernando, al que imaginaba macilento y marchito, con falta de sueño y anarquía mental, propias de un shock fulminante y negación incipiente, golpeado por el impacto de lo ocurrido. Uno de los viernes más largos, pero aun así llegó el lunes.
Ese lunes por la mañana, golpes débiles y tímidos en la puerta de mi oficina me sacaron de mis actividades, y levanté la vista sacudiéndome las tareas de la mollera e intentando hacer cabida en mis pensamientos a las palabras adecuadas a la ocasión, ya de por si difíciles de hallar. Dicha empresa se complicó aun más al contemplar el rostro de mi alumno, más demacrado y doliente incluso de lo que le había imaginado el viernes. Me paré del asiento para abrir la puerta y nos quedamos de pie, uno frente al otro, inmóviles y silenciosos, por un instante que se extendió hasta casi hacerse incómodo. No pude articular palabra y no atiné a nada más que abrazarle, y mientras lo hacía sentí que prácticamente se desplomaba en mis brazos, deshecho como pocas veces he visto a un hombre de 19 años. Fue recién en ese momento que sus suspiros rompieron el silencio, dándome a entender que no le quedaban ya fuerzas para sollozar siquiera.
Intentamos hilvanar una conversación, aunque ninguno de los dos tenía muy claro qué decir. Mencionó que retomaría las clases ese mismo día. Conflictuado por su estado, le sugerí descansar y tomarse unos días para recuperarse. En ese instante, su mirada perdida cambió y pareció recobrar fuerzas de una forma que me estremeció, al tiempo que me dejaba perplejo con su discurso.
-“Profe, aún ahora y más que nunca tengo que seguir adelante, aunque sea solo por mí, no me puedo detener. Lo necesito y es lo correcto.”
No pude menos que emocionarme frente a su estoicismo y valentía, monumentales para un chico de su edad. Todo lo que pude hacer fue tomar su mano y ofrecerle orar por él, a lo que accedió con entusiasmo.
La experiencia de Fernando me hizo cuestionar, hasta cierto punto, mi postura frente al dolor en la vida. En innumerables ocasiones he justificado el inexplicable sufrimiento ajeno con el remedo tan conocido: “lo que no entendemos ahora, lo entenderemos después”… como un recurso para que quien pasa por el trance intente encontrar el significado detrás del suplicio; pero todos mis argumentos se hicieron añicos frente a la vivencia del muchacho. No hay explicación que dé soporte a tal suceso; me quedé impertérrito y desprovisto, sin saber qué decir para explicar qué primigenios designios habían obrado para llevar las cosas a ese punto… No servía tampoco, en este caso, cambiar la pregunta del “por qué” al “para qué”, archiconocido y recurrente truco usado igualmente para buscar una justificación a la adversidad… Nada aquí era consecuente con lo ocurrido. Simplemente no había nada. Pero aun así, el chico se puso de pie, de forma completamente inexplicable. Acaso la lección no es el por qué o el para qué, sino el saber que, aún frente a la noche más oscura, podemos caminar hacia el alba, porque es posible levantarse de la cripta y cambiar las mortajas por nuevas vestiduras… Es el saber que aún la vivencia más traumática tiene un escape si estamos dispuestos a empezar de nuevo… Es el darse cuenta de que hay ocasiones en que el “por qué” y el “para qué” quedan de sobra, y más que tener por objeto buscar el significado del dolor, es la experiencia en sí misma la que hace madurar nuestro sentido de la perseverancia, nos curte, fortalece y blinda.
Finalmente, he omitido relatar yo mismo el suceso, porque creo que el más adecuado para contarlo es, sin duda, Fernando, en sus propias palabras. He conservado el texto completamente inalterado, para no atentar siquiera contra la pureza del mensaje, ni en forma ni en fondo. La comparto con su consentimiento, porque creo que es una historia digna de contarse y que dará una lección de vida poderosa, por sobre todo, a quien(es) enfrenta(mos) hoy el confuso escenario de la adversidad inexplicable.
Padre Joven por 9 Meses.
Cuanto tienes 19 años de edad es difícil admitir que tu vida va a cambiar por lo que en su momento lo encuentras como un error, algo negativo, algo que quisieras sacártelo de encima de cualquier forma es difícil asumir que vas a ser papa en unos meses mas y tratas de auto-convencerte que eso no va a suceder.
¿Qué va ser de mi libertad, que va ser de mi tiempo libre, que va ser de mi? todo va a desaparecer, no quería tener un bebe tan joven pero cuando sabes que esa persona que viene en camino es parte de ti no te queda otra que asumir y responder a esa vida, eso es lo que hace un hombre, alguien responsable o simplemente una persona que asume sus errores.
Las primeras semanas fueron difíciles, tenia 2 meses y me dijeron que es muy probable que se produzca un aborto natural debido a que mi mujer no tenia las condiciones para que el feto crezca en su útero, cuando los médicos me dijeron eso me preocupe y es claro, como asumí que seria papá me imagine todo lo que podía hacer con un hijo o hija. Con ponerme a pensar sobre mi futuro bebe me di cuenta de lo valioso que son las cosas simples de la vida, como que alguien te hable y te sonría, alguien que te imite y que para el seas lo mas grande que puede llegar a conocer, para el seas su guía y su protector, que el te admire por el simple hecho de ser su papá. Mi padre había muerto hace solo un par de años, sentía un vacío por eso sentía que algo me faltaba quizá esa persona que vendrá pronto me va a llenar de alegrías.
Después de la noticia de los médicos me puse a llorar, me di cuenta que si quería a ese bebe, después de eso dejaron a mi mujer hospitalizada por unos días hasta que mejoro su condición, nada era seguro pero por lo menos el bebe estaba mejor, en ese momento se entero todo el mundo, como vivo solo con mi hermano mi familia no tenia ni idea, le conté a toda mi familia y amigos y me sorprendió la aceptación y apoyo de todos, me sentí feliz y con ganas de seguir adelante con ese crío.
Paso un mes y 2 semanas y la guatita de mi mujer crecía de a poco, fui a ver la primera ecografía y lo vi, me sorprendí ver su cuerpo y que me digan este bebe esta perfecto, sobrevivió a la lucha que enfrento a los 2 meses. Vi su cabeza, sus brazos, sus piernas, su corazón, su pene, todo era perfecto, se movía en todo momento, al mostrarme su pene me dijeron “es varón” e inmediatamente me proyecte en mi cabeza jugando con legos, enseñándole a leer, mostrarle lo maravillosa que es la vida. Siempre pensé todas las cosas que podría hacer con mi hijo, lo que me motivaba cada vez más, con el tiempo creció el entusiasmo, me llegue a sentir orgulloso por ser un papá joven, quería hacer saber a todo mi mundo que el hecho de ser joven no signifique que no sea un papa responsable y preocupado por su hijo, para mi esa era mi misión principal.
Pasaron meses y meses, la guatita crecía lentamente, muchas ecografías, en una, una ecografista nos dijo “este es el bebe mas sano que he visto en una persona con esa estatura y contextura, esta guagüita esta perfecta” y cada ves que escuchaba sus latidos me hacían volver a mi infancia cuando alguna ves me pregunte por que sentía algo dentro de mi moverse, era mi corazón un signo de vida, siempre me gusto escuchar los latidos de mis seres queridos, había escuchado los de mi gato, los de mi mujer, los de mi mama, los de mis hermanos incluso pero ninguno fue como escuchar los de mi hijo, me emocione bastante. Estaba tan entusiasmado que no quería perderme ningún control de embarazo, en ocasiones lo decía; que estaba muy feliz, “esto a sido los momentos mas felices de mi vida”, le cantaba a la guatita canciones de bebes y le conversaba con su madre.
Los últimos meses la guatita crecía a pasos agigantados, se podría ver sus movimientos, mi mujer me decía “El hijo duerme igual que tu, se mueve a todos lados, son unos pulpos” hicimos fiesta en honor a nuestro bebe ya que faltaba poco para su nacimiento, recibimos muchos regalos, le habíamos comprado de todo para que nada le falte al nacer y empecé a buscar trabajo para satisfacer a mi hijo, quería que mi hijo se alimente de “mi sudor”, el trabajo de su padre no el de la abuela ni del tío. Todo iba viento en popa las ultimas semanas mi mujer apenas podía caminar se acercaba el momento, la ultima ecografía, dos días antes del parto todo salió bien, mi hijo ya estaba listo para nacer era cosa de que empezaran las contracciones uterinas. al día siguiente de la ecografía la internaron por que en el examen medico demostraba que en menos de 24 horas debería nacer.
La internaron en el hospital, la llevaron en la sala de parto y yo en sala de espera, estaba nervioso pero feliz por que al fin conocería a mi hijo. Me llamaron a la sala de parto para acompañar a mi mujer para que puje y al entrar me dio una mala impresión, mientras esperaba escuchaba gritar a mujeres y bebes recién nacidos llorando, estaba ansioso de escuchar a mi hijo llorar. Cuando vi a mi mujer pujar si bien me daba pena verla sufrir aun así me llene de coraje y sonreí y con tranquilidad le dije “Amor, fuerza, se que tu puedes, nuestro hijo será la recompensa” después de animarla salió nuestro hijo y se lo llevaron, empezó a correr el tiempo, pasaron diez, veinte, treinta minutos y no aparecía, nosotros le preguntamos a las matronas “¿por qué se demoran tanto con nuestro hijo, por que no lloro, que sucede?” Estaba nervioso e impaciente, la matronas solo decían “deben estar limpiándolo y monitoreando como esta, paciencia” después de tener esa respuesta me di cuenta que no todo estaba bien.
Llego una señora y me dijo “¿Usted es el papá?, acompáñeme” me llevo a una sala y mientras caminábamos a ella me dijo “tu guagüita no esta bien, tiene problemas” y en esa sala estaba mi hijo, esa sala se llamaba UCI ¿y por que estaba mi hijo ahí? Comencé a gritar “¡Que le pasa a mi guagüita, que tiene mi hijo!” lo vi, al fin lo conocí después de esperar todo ese tiempo conocí a mi hijo y me sorprendió, al verlo vi mis ojos, mi boca, mi rostro, hasta mi pelo, sin duda era mi hermoso hijo, “Hijito, que quieres que te digas, eres igual a tu padre, no sabes lo feliz que me siento al ver tu carita, pero ¿por qué tienes tantos cables conectados a tu cuero, que te paso?”. Los médicos al ver mi cara de tristeza me alejaron de el unos metros y lo quede mirando con miedo, y me dijeron, “Tu bebe esta muy grave, no respira”
Me quede sentado viendo como agonizaba mi bebe en ese momento recordé el primer mes y me dije “no quiero libertad, no quiero tiempo libre, no quiero quitarme nada de encima, quiero a mi hijo” me arrepentí de muchos pensamientos mezquinos como los que decía cuando supe la noticia que mi mujer estaba embarazada, me sentía miserable y sin saber que hacer, mientras miraba a mi hijo agonizar al frente mío, ver sus ojos aun abiertos mirándome, fue un sufrimiento enorme. Salí de la sala, no podía más, era difícil creer que esa persona que sufría delante de mis narices era mi bebe, mi niño que espere con tanto cariño. Después de salir de la sala grite y llore, no pare de gritar ni de llorar, me encontré con mi hermano y la hermana de mi mujer los abrace y lloramos todos, con algo de esperanza de que mi hijo va a seguir con nosotros, no dejaba de repetir “hijo, aguanta, muchas personas te esperan” luego de eso entre a la sala donde estaba mi mujer y el medico llego al mismo tiempo que yo a contarnos la noticia. “Lamento informarles que su hijo a fallecido”. Todo lo que imagine, lo que pensé hacer, lo que pensé decir se desvaneció en ese instante.
Después del velorio y funeral al día siguiente, con mi mujer hundido en sufrimiento pensamos en el vacío que dejo nuestro bebe en nuestras vidas y lo único que atinamos a decirnos uno al otro, “debemos seguir juntos, hay que seguir adelante”. Abecés pienso que mi bebe no murió, si no que todavía esta en la guatita de su mama, aun que cuando la veo esa ilusión desaparece aun así se que el esta conmigo, y me enseño a no ser mezquino con la vida, en apreciar las cosas simples de la vida, como tener mis 4 extremidades, la posibilidad de respirar, pensar, caminar, correr, saborear, oler, observar y escuchar como cualquier persona, gracias hijo querido, me enseñaste un sinfín de experiencias. Fue crudo vivirlo aun así el embarazo de mi mujer a sido la experiencia mas gratificante y tuve los momentos mas felices de mi vida.
El día que me diga “estoy embarazada” otra ves, ya no pensare sobre mi liberta ni sobre mi tiempo libre ni sobre mi, lo mas probable es que grite, salte e incluso llore de alegría, pero hasta que llegue ese momento la vida continua, tengo una mujer y una hermosa relación que cuidar, una carrera y muchos estudios por terminar y muchas metas por realizar, siempre con mi hijo en el corazón se que el me dará más fuerza y más energía para cumplir mis metas, mi vida sigue y aunque pareciera que todo regreso a ser como era antes del embarazo, hay muchas cosas que cambiaron y créeme hijo tu corta vida no fue en vano, jamás me cansare de decirte…
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