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Óxido en mis manos

(Cuento)

Sugerencia: leer escuchando "Smash" de Offspring (descárgalo de aquí).

Ya casi es la hora. Una mezcla bizarra de sensaciones revuelve mis intestinos una y otra vez; parece increíble que la misma avalancha adrenalínica me golpee inmutable cada vez que hago esto. Mis sentidos se abren, el aire cobra una tesitura distinta, que va más allá del simple olor a chela barata y cannabis quemándose lentamente entre la multitud… Cierro los ojos y aspiro una última bocanada de aire limpio, antes de que mis pulmones se llenen de nicotina ajena y usada; acaricio el diapasón de mi Ibanez RG–470 (la Niña, como suelo llamar a esta diosa de 6 cuerdas), mirando la picadura del barniz en el mástil, único vestigio mudo del día fatal; la contemplo como un último preparativo, como un preámbulo erógeno que nos envolverá en un idilio pasajero y volátil, pero igualmente placentero.

No me preocupo de los detalles. El Poroto, nuestro autoproclamado “roadie”, se encargará de todo como lo ha hecho siempre. Lo veo a unos 20 metros de distancia, peleándose a todo volumen con el sonidista por el cabezal de 150 watts que no nos quiso pasar el fin de semana anterior… En fin, él es así, siempre preocupado del más mínimo inconveniente que nos pueda causar molestias a la hora de sonar… Es increíble la garra de este perro sarnoso, que nos da el soporte que ni el más asiduo fan nos daría si ficháramos por una disquera multinacional. Se dirige hacia el escenario, con cara de haber llamado a Guajardo hace dos minutos. Está furioso. Sus suspensores colgantes se bambolean a compás con sus zancadas fofas, propias de un obeso mórbido como él. Sus pantalones ajustados y sus bototos cubiertos de polvo lo hacen ver más grotesco aún; un punk redondo, como lo llama el Pulga. No puedo contener una carcajada sutil ante semejante espectáculo.

Se da cuenta, pero simula no poner atención a mi cariz burlón.

…“No es gracioso, gil… no nos van a pasar la custión, este w* del Cadena la jodió la última vez, le subió mucho el volumen y se pitió el cabinet”…

Mira hacia el lugar del escenario donde está el Cadena (quien ni se inmuta, concentrado en la tarea de afinar su bajo Warwick), con una agresiva mirada de disgusto y reprobación.

…“Si no fuera tan buen músico, ya te habría picado la guía hace rato pa’ que lo saquemos a patadas de la banda”…

Voltea su rostro hacia mí, y su ceño deja de fruncirse. Su media sonrisa me indica que el percance puede ser solucionado. Lo veo alejarse lentamente, intentando suprimir el rechoncho rebote de sus nalgas al caminar. Es lo bueno del Poroto. Aunque esté muy molesto, separa sus emociones del trabajo que debe realizar, cualidad esencial en un profesional. Llegará lejos.

Miro hacia atrás. El Pulga, ya sentado en la batería, hace lo propio con una caja de Tocornal, inclinando la cervical hacia atrás, para que sus chascas desaliñadas y largas no interfieran en el delicado y meticuloso proceso de ingerir el elíxir marrón. Detiene el trago, endereza el cuello bruscamente y se limpia el vino chorreante de la boca con el revés del antebrazo. Me da asco.

El Cadena lo increpa agresivo, haciendo patente una vez más su marcado afán de perfeccionismo:
-Suelta esa caja, estúpido, no te quiero dobla’o cuando estemos tocando, o que manches la batería con vómito…
-Sáaaaaale loco, ¿te creís mi papá? Jajajajaja, no seái gil po’- replica el Pulga, con una beoda risotada que evidencia su incipiente estado etílico. Exiende su brazo hacia mí, con la caja aún en la mano.
–Salú’, hermano; el tinto es el copete de los músicos- recita mirándome, orgulloso de su adagio, con una sonrisa viva que me indica que tiene aún la sobriedad suficiente para marcar un tresillo de fusas en el bombo sin inmutarse. Devuelvo la sonrisa y con un suave ademán conciliador le indico que baje la caja.

Mirando a la Niña, y motivado por el discurso hilarante del Pulga, recuerdo a mi viejo y comienzo mi propia introspección, ya que el resto de los chicos tuvo la suya, Cadena con su bajo y el Pulga con su caja de vino. Recuerdo el día en que mi viejo me la compró. Audiomúsica, sábado, 1 de la tarde. La escogimos entre los tres, el vendedor, mi viejo y yo. Lo primero que recuerdo de ese evento es cómo la vi resaltar colgada en la pared. Un modelo sencillo, pero elegante; su color negro, sobrio e imponente, marcaba presencia frente a las expensivas y ostentosas Steve Vai y Ovation que tenía a su lado. Técnicamente, no muy sofisticada, pero aún así una belleza: 24 trastes, un cuerpo, microafinación, 5 pastillas… el deleite máximo para un chico de 15 años que ama las guitarras. Papá accedió a comprarla, y la llevamos juntos al portamaletas del auto. Felicidad extrema, en contraste con lo que sucedería después… Un semáforo en rojo, un conductor ebrio, un golpe fulminante en el costado del chofer, chirridos, metal retorcido, papá bañado en sangre, masa encefálica en el parabrisas, confusión, histeria, lágrimas…

Miro una vez más la picadura del barniz en el mástil de la Niña, único vestigio mudo del día fatal.

… “Ya pu, w*, te quedaste pega’o de nuevo”…

Cadena me grita desde la otra esquina del stage, quebrando mis reminiscencias de golpe y bajándome a la realidad de un garrotazo. Las luces, los gritos, el aire… todo vuelve a ser real, palpable, mordible, escupible, aborrecible. Encienden los focos halógenos. M**. Uno me pegó justo en la cara. No soporto la luz punzante en mis ojos. Tomo el pedestal de mi micrófono y me muevo unos pasos hacia la izquierda. Estas tocatas de villa me dan asco. No pertenezco aquí, me siento foráneo, un bicho raro… pero la sensación de marcar un riff demoledor que destroce la guitarra es placentera en cualquier lugar. Me doy valor para dejar mis recuerdos a un lado. EL Poroto asiente desde la torre de sonido, indicando que todo está listo para comenzar. Miro a los chicos con un gesto de complicidad. Ambos sonríen. Pulga marca 4 beats haciendo chocar las baquetas. Marco mi primer acorde de quinta justa. Las luces bajan. El cielo se oscurece. El ambiente es denso. Las respiraciones se detienen. La explosión audible de nuestro primer ataque al unísono indica al público que el infierno sonoro ha comenzado. Un riff ensordecedor saca a todos los presentes del letargo.

El sonido es potente. Los punks bajo el escenario gritan eufóricos, sin duda estimulados por un poco de alcohol en el cuerpo, pero aún así no puedo oírlos por la intensidad de los retornos. El Pulga propina a los tarros un redoble fulminante, haciendo volar las baquetas en sus manos. El efecto visual producido por el batero en acción, en perfecta comandita con su instrumento, es impresionante. El brillo de los platos al balancearse produce destellos azules y violetas, reflejo de la luz proveniente de los focos par 56 situados a ambos lados del escenario. El Cadena recorre rápida y certeramente el diapasón de su Warwick en una fracción de segundo, cueteando cada cuerda en una maraña impresionante de fulls y legatos, sin perder ni una sola nota… Este loco es un maestro, pienso para mis adentros. Realmente es un músico completo, con una puesta en escena impecable y una calidad interpretativa impresionante. A sus 20 años y mis 17, tengo mucho que aprender de él. A veces tiendo a compararlo con Cliff Burton, de Metallica, pero luego me da lata pensar que lo estoy midiendo con un muerto. Pareciera que un trauma obsesivo me ha llevado frecuentemente a medir y evaluar personas, situaciones e ideas, con la muerte como un parámetro fundamental… La muerte me marca, me persigue y me tortura. Del útero a la tumba. Vivimos hoy, moriremos mañana, ya sea en una tranquila cama de hospital o en el asiento delantero de un automóvil, desangrados y con los sesos fuera del cráneo.

¿Vivir para esperar la muerte? ¿Tiene sentido?

El grito de un pequeño punky (no tiene más de 13 años), con su puño en alto, me saca de mis divagaciones: “¡Anarquíaaaaaa! ¡Sin dios ni ley!”… Sorprendentes y precoces conceptos, saliendo de la boca de un hediondo a leche como él, me hacen pensar que ha sido influenciado por sus yuntas punk mayores, sin tener una depurada idea de qué diantres significa lo que está diciendo…

¿Vivir para esperar la muerte? ¿Tiene sentido?
Muerte… ¡déjame en paz!

Me acerco al mic y escupo un grito gutural ensordecedor, encendiendo aún más al público. Gritan, saltan, se ríen, aplauden… La ansiedad para que empiece el primer tema se evidencia en sus rostros. Están contentos, al menos por ahora. Cortamos el ataque, una fracción de segundo de silencio, Pulga marca nuevamente cuatro golpes de baqueta y comenzamos a sonar con “Smash” de Offspring. Los headbangers bajo el escenario entienden la idea y comienza el baile punk entre la masa de moicas, casacas de cuero, bototos, alfileres de gancho, camisas de franela, sudor y polvo. Todos prendidos. Todos eufóricos. Es lo que James Hetfield llamaría el “Snake pit”. Extrañamente, veo entre los frenéticos bailarines a algunos asistentes que permanecen impertérritos, casi sin siquiera moverse; no presto mucha atención. La ejecución bien lograda de mis compañeros me desprende definitivamente de mis reflexiones baratas y me pierdo en el océano de notas, surcando cada ola a golpes de uñeta. El canto de la Niña oscura me deleita, sus cuerdas son mi red; voluntariamente capturado, la recorro a caricias que la hacen reír. Mi guitarra y yo. Somos uno, en lo tangible y en lo abstracto.

Mi disputa con la muerte se desvanece en victoria, mientras canto la letra del temazo que hemos escogido para abrir la presentación:

I'm not a trendy asshole.
I do what I want,
I do what I feel like.
'Cause I'm alive.
I am alive.
I am alive.
I am alive.


Quizás siempre estuve vivo, pero nunca me di cuenta de eso. La muerte se ha vuelto para mí más importante y me ha dejado más preguntas que la vida misma. Un chico de 15 años no está preparado psicológica ni emocionalmente para ver a su padre morir desde el asiento del copiloto, menos en la forma dantesca que a él le ocurrió, por culpa de un alcohólico irresponsable que ni siquiera conocíamos… Desde ese día la pregunta es una sola, cargada de amargura, rabia y sin un dejo de comprensión ni resignación: “¿Por qué?”… ¿Por qué él, por qué yo?

Ahora, sólo la Música me llena. Sólo la Música hace que vivir cobre una importancia digna de sufrirse. La Música es todo; me marca, me involucra, me sostiene y me libera; es mi forma de burlarme de la maldita muerte. Me quitaste a mi viejo, pero no pudiste conmigo. Aún estoy aquí, y en esta guerra santa contra ti, la Música es mi aliada. Jódete, muerte.

Se viene el solo. Pulga y Cadena asienten, contando mentalmente los tiempos. Tomo aire una vez más, intentando concentrar y canalizar todo mi flujo corpóreo de energía sobre mis manos, para lograr un fraseo impactante que impresione a todos los imbéciles que saltan a mis pies. En ese momento veo al mismo mocoso, justo delante de mí, que continúa gritando esas estupideces fútiles: “Punk not dead!!!”… Pienso en la pésima calidad gramática del inglés en la mítica frase que todos los punks conocen de sobra, producto de una traslación literal a nuestro idioma, cuando la forma correcta debería ser “Punks don’t die”… Me pregunto una vez más cúanto de verdad hay en eso, y qué hago aquí, entre ellos; no soy punk, no alucino con la música punk, menos con su ideología ni sus principios… Pero aquí estoy, tocando de su música, para ellos, que parecen tener más estima por la vida que yo, luchando a diario contra mis fantasmas de muerte. Si ellos de verdad no mueren, no existen límites para lo que pueden lograr: vida eterna, inmortalidad, trascendencia, plausibilidad sin límites… Después de todo, quizás estos imbéciles no son tan imbéciles, exceptuando el hecho de que su “inmortalidad” es una fantasía. Aún así, no soy uno de ellos, no soy parte de su estirpe, probablemente nunca lo sea. Soy un simple poser con más apariencia que carácter; un punk del barrio alto, ¿existe tal cosa? Nunca experimenté las desigualdades sociales contra las que ellos libran su pugna cada día, ni las discriminaciones de las que son objeto por parte de otras tribus urbanas; nunca estuve tirado en un callejón, anhelando siquiera una hogaza de pan rancio para calmar el rugir de mis tripas… Nunca luché por los míos ni por mis ideales. Ellos son más que eso. Son cómplices, amigos, camaradas, luchando juntos contra el sistema en un mismo propósito… una familia. No importa. Estoy lejos de eso. Su debilidad los hizo perder su propia identidad, son clones de un arquetipo que pensó por ellos antes de que ellos mismos lo hicieran. No sacrificaré mi identidad ni mi esencia como ellos.

Son unos débiles. ¡Todos ustedes son unos débiles, son víctimas!

Se inicia el solo. Ataco mi cuerda con un pitch. Algo pasa. Siento un rasguño en el índice de mi mano izquierda. Una gota de sangre. Un golpe rápido y seco suena en el amplificador, como si algo se hubiera roto. El Pulga y el Cadena paran de tocar. Miro con estupor a la Niña, y advierto conflictuado la ocurrencia de lo que no debía ocurrir…

…“Muchachos, lo siento. Se cortó una cuerda”…

El eco de mis palabras sigue rotando en las concert del sonido de sala: “cuerda… cuerda… cuerda… cuerda…”, causando una repentina indisposición en el público punk. Sus rostros hilarantes y excitados cambian de pronto a una expresión sombría y agresiva. Ocurre algo extraño. Empujones entre el público. Comienzan a golpearse unos a otros. Algunos de ellos comienzan a acercarse. Corren hacia acá, como una jauría embravecida de cancerberos, respirando fuego y azufre. Suben al escenario. Nadie puede contenerlos. Llenos de ira comienzan a destrozar todo, visiblemente disconformes con lo ocurrido. La batería es la primera en sufrir los embates de la masa humana, o pseudohumana, que nos atropella con furor y rabia. El parche del bombo está roto. Los platos salen volando, arrojados hacia fuera del proscenio. El Cadena es el primero en caer, irónicamente, de un cadenazo en las fauces. Entre cinco tipos fornidos lo hacen bolsa. Le quitan el Warwick. Veo volar el bajo hacia las locaciones del público, impactando de lleno en la mollera de un punk desprevenido; le desarma la moica, es lo único que le ocurre a primera vista, pero la sangre que brota de su encéfalo hace presagiar que la pérdida de su peinado es, en este momento, un problema mínimo para él. Diviso al Poroto a lo lejos, tratando de pasar a través de los exaltados, en un insípido intento de acudir a nuestro rescate.

El Pulga sigue los pasos de su ya destrozado instrumento, golpeado por un enorme individuo calvo enfundado en cuero negro que, bate de béisbol en mano, lo amedrenta con palabras que suenan casi más duras que los golpes que le propina: “Toca ahora po’, gil”… Sorprendentemente, el Pulga sonríe. Al parecer, el vino ingerido antes de tocar hace que los batazos no hagan tanta mella en él, como una suerte de anestesia etílica. Ahora es mi turno. Rápidamente guardo a la Niña en el estuche. Puedo lidiar con una paliza, pero no les permitiré tocar mi guitarra. Representa mucho más que un simple instrumento; es mi conexión con los que se han ido, mi antesala al éxtasis, una compañera invaluable. La protegeré a cualquier costo. Un enardecido de aspecto atemorizante, calvo y con una cicatriz sobre la ceja izquierda, me descarga el primer golpe, intentando alcanzar mi mandíbula. Lo esquivo con una finta de hombro y devuelvo un certero rodillazo en el estómago. Cae. Se acerca otro más, también rapado (¿?), esta vez armado con un cortaplumas pequeño. Es el instante en que advierto que los energúmenos que están volcando su furia en el escenario no parecen ser punks. Esto se pone difícil, pienso en voz alta.

¿Pelear para esperar la muerte? ¿Tiene sentido?

Me saco una zapatilla y me sirvo de ella para esquivar las tres primeras estocadas, mientras la cuarta roza mi mejilla. Al sentir la sangre sobre mi rostro, algo cambia dentro de mí. Un fuego se enciende en mi nuca y se extiende por mis omóplatos. El hálito a copete de mi adversario me da a entender que su conducta agresiva es estimulada por algo más que una cuerda cortada. El tipo está ebrio. “Ya veo, quieres matarme en la misma forma en que lo hiciste con mi viejo, ¿no?”, susurro contra mi eterna adversaria. La rabia que fluye por mi espina dorsal desemboca en un fuerte puñetazo en el estómago que deja a mi contrincante fuera de combate. No alcanzo a tomar un respiro luego de mi hazaña. Mi pierna izquierda se entumece y luego se dobla, por un dolor horrible en la pantorrilla. Miro hacia atrás. Un cadenazo. Caigo, golpean mi rostro, mi estómago, mi espalda. Una lluvia de patadas cae sobre mi maltratado cuerpo. Al principio siento dolor, pero después pareciera que la fuerza de los golpes es absorbida por mi carne, sin que me causen daño. Algo cambia. Los enardecidos comienzan a dispersarse. Oigo una sirena en la lejanía. Con el único ojo que puedo abrir, diviso luces intermitentes sobre un vehículo de colores blanco y verde. Es la lluta salvadora. Los pacos se encargarán de ellos. Todos corren, tratando cada uno de salvar su cobarde pellejo.

Estoy tirado de boca en el escenario, con la mitad del rostro depositada sobre un pequeño charco de sangre y saliva. Ya no hay dolor ni básicos irracionales enfurecidos que me golpeen. Aun así, no puedo moverme. El sonido de las sirenas se desvanece. Miro el estuche. La Niña está a salvo. Me pregunto cuál fue el origen de tanta agresividad enfermiza… No atino a comprender qué fue lo que ocurrió. ¿Es ésta la lucha? ¿Es ésta la disputa a lidiar? ¿Batallas campales entre tribus urbanas sin que medie una razón de peso más que el hecho de ser diferentes? ¿Por qué tanto odio?

¿Odiar para esperar la muerte? ¿Tiene sentido?
Como sea, estoy vivo.

Cierro los ojos. Después, no pienso en nada.


Koke
[Julio '98, Taller literario CEAT]

Wuau, ta weno...
super descriptivo que casi uno se siente uno con el personaje... me gustó que sobreviviera la niña :)

y eso...

(esteeeeeemmmmmmm.... ando con ganas de experimentar en el mundo del cómic, a lo dibujante, y creo que tu historia es dibujable, ¿me dejarías experimentar con ella?)

esop un abrezin, se le kere!

Pero Porsuclaro =D

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